Torrelaguna es un pueblo madrileño, declarado conjunto histórico-artístico, de probables orígenes prehistóricos, celtiberos y romanos (antiguas “Vescelia y Barnizáis”), visigodos e islámicos como prueban determinados hallazgos arqueológicos.

Fue aldea independiente en la ciudad de Uceda, en la provincia de Guadalajara. En el lugar donde se encuentra Torrelaguna, establecieron los ciudadanos de Uceda una granja o colonia agrícola, ya que el suelo fue siempre fértil, y hoy mismo es una de las vegas más importantes de Madrid.

Cuando los árabes llegaron a estos territorios, según leyendas, ya era la población un núcleo importante, dispersa en siete “Barrios” o “Granjerías” (Magdalena, San Vicente, San Quilez o Santo Domingo, La Floresta, San Sebastián, San Andrés y Las Huertas).

Y para defenderse de los invasores musulmanes que estaban asentados en Talamanca, se agruparon en el barrio de la Magdalena, donde se hallaba una atalaya en torno a la cual se construyó un primitivo amurallamiento (siglos X-XI) y un descansadero de ganadería ovino, ya que este lugar era uno de los paraderos de la trashumancia de las dos Castillas, contratado por la Mesta, uso que mantuvo durante siglos, hasta su desaparición.

Reconquistada en 1085 por Alfonso VI de Castilla, fue inmediatamente incorporada a los dominios de los arzobispos de Toledo, artífices de su engrandecimiento en los siglos que siguieron.

Esta población obtuvo del Rey Juan I de Castilla y de su Canciller, el Arzobispo Toledano D. Pedro Tenorio, en 1390, el privilegio de Villa libre o Burgo independiente de la jurisdicción de Uceda.

Una arraigada tradición asegura que la Villa fue solar de Santa María de La Cabeza, esposa de San Isidro, y del matrimonio de ambos.

En esta Villa Real nació, en 1436, Francisco Jiménez de Cisneros, que sería pasando el tiempo Arzobispo, Cardenal y, a la muerte del Rey Católico, Regente de España.

En 1456, Juan de Mena (uno de los grandes poetas medievales castellanos) muere en Torrelaguna siendo sepultado en una capilla de la Iglesia.

El momento de mayor auge de la Villa de Torrelaguna tuvo lugar en el siglo XIV (prolongándose hasta el siglo XIX), representado por la construcción de la magnífica iglesia parroquial de Santa María Magdalena y el asentamiento de ilustres familias que promovieron su desarrollo urbano. Al no haber participado en la guerra de las Comunidades de Castilla (siglo XVI), fue premiada por el emperador Carlos V con la aprobación del Fuero Local y la concesión de la plena autonomía judicial, en primera instancia, en 1539.

En 1574, el rey Felipe II vende la jurisdicción señorial de la Villa a los propios vecinos.

Carlos III le concedió el rango de Municipio en 1749.

En 1813, Torrelaguna sufre el saqueo y destrozo de las tropas napoleónicas. También en el siglo XIX, las desamortizaciones y Obras públicas ocasionaron irreparables pérdidas de bienes muebles y arqueológicos, al igual que en la Guerra Civil, pudiéndose recuperar lo que hoy se puede contemplar.

Gozó distintos momentos de relevancia a raíz de estancias reales, entre las que se destacan las de Isabel II, en 1852, la de Alfonso XII y Alfonso XIII entre otras, con motivo de las obras de abastecimiento de agua potable a Madrid (hoy Canal de Isabel II).

Ya en el siglo XX, la Guerra Civil supuso la destrucción de numerosos edificios que fueron restaurados en la posguerra: Ermitas de la Soledad, de la Buena Dicha y de San Sebastián y el Palacio de Salinas.

En los años 60 y 70, con la población incorporada al partido judicial de Colmenar Viejo, se produce un lógico descenso demográfico debido a la emigración hacia la capital, pero desde entonces se inició una clara recuperación paulatina y sostenida. Se abren dos fábricas, de yeso y escayolas y otra de pantalones vaqueros, y algunas pequeñas industrias.

En 1974, la Villa fue declarada Monumento Histórico - Artístico como reconocimiento de su valioso patrimonio.
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